"Y no sé porque , pero contigo yo bailaría bajo la lluvia con mi mejor vestido puesto, sin miedo".
Teniendo la certeza de un futuro incierto, el vivir día a día con Sebastián era una experiencia entre miles experiencias, no podía dejar de reír, de gritar, de enojarse, de sonrojarse y todo aquello hacía un matrimonio perfecto entre tantas imperfecciones, todo aquello podía verse resuelto cuando el amor primaba, cuando la confianza se levantaba como bandera y la comprensión llenaba vacíos.
Aun parecía ayer cuando sus manos se unían para salir del altar, aun parecía ayer cuando se creía imposible amar tanto, amar entre tantas diferencias y apasionarse por cosas que jamás se pensaron.
Ahora no sólo eran eran compañeros de trabajo. Ahora eran compañeros de viaje, de aventuras, ahora compartían una sola vida.
Ahora él lo entendía, Eiza era la piedra más preciosa que había podido encontrar.
Ahora disfrutaban de unos días de vacaciones.
—Te luce el mar —susurro en su oído, abrazándola por la cintura mientras ella estaba apoyada en las rejas de la proa del barco y el viento se encargaba de elevar sus ondas y vestidos.
Sebastián aun no dejaba de apreciar la belleza de su mujer, su piel algo bronceada por el sol, y el brillo de sus ojos que mostraban felicidad y complacencia, seguía siendo lo más hermoso que sus ojos podían contemplar.
—Me luce más si estoy contigo —giro en sus brazos para observar su rostro y dejar un suave beso en su mejilla.
Él apoyo la cabeza en los hombros de Eiza teniéndola con un poco mas de fuerza y acariciando su vientre con profunda delicadeza.
—Estoy ansioso por saber que será.
Eiza lo miro de frente con ojos brillantes de emoción, le causaba demasiada ternura lo cuidadoso que llegaba hacer Sebastián.
Desde que le había dado la noticia hacia solo unas tres semanas, no hacía más que tratarla como una porcelana.
—Todo va estar bien, mi amor. Creo que a este pequeño o pequeña le va gustar mucho el mar. —dijo riendo y tocando suavemente su vientre.
—Te amo , Eiza.
—Yo también te amo, más de lo que sabía que jamás podría amar a alguien —dijo ella tomando su mano para acariciara su vientre.
Y Sebastián sintió que su pecho explotaba de felicidad, tomo la cara de Eiza entre sus manos y se unieron en un profundo y largo beso. Aún los dos podían sentir las mariposas como si fuera el primer beso y cada caricia era recibida con profunda necesidad, nunca se saciaban, siempre había cosas que descubrir el uno del otro, y cada día pasaba con la promesa de que los dejaría unirse en la noche para amarse una vez más, para entregarse por completo.

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