—Dispárame.
Eiza lo apuntó con su arma. Liberó el seguro, pero dudó.
—Dispararme, Eiza.
Eiza tragó saliva. Lo había hecho docenas de veces y aún ahora no se atrevía a apretar el gatillo.
—Bueno, — él gruñó— ¿Ya no me vas a matar?
Eiza levantó el arma. Sus manos estaban empezando a sudar.
—Mátame ahora, , mátame y termina con esta angustia para los dos.
Ella sacudió la cabeza ligeramente. ¿Angustia para los dos? Él era el único atormentado. Este era su trabajo; esto era lo por lo que ella había luchado.
—Por favor, mátame .
El sudor bajaba por su espalda.
—Eiza.
Tenía la boca seca. ¿Por qué había tenido que decir su nombre así? Ya basta. Levantó la cabeza y lo miró directamente a los ojos. Grave error. Sus ojos castaños se enterraron en los suyos llenándolos de pasión y de una promesa…
—Dispárame, ahora, Eiza. —Le susurró con la voz ronca.
Ella bajó la mirada de sus ojos a su boca. Un urgente deseo de mordisquear su labio inferior y de ir descendiendo por su cuerpo hasta que rogara que dejara de entrar en su mente. Se lamió los labios y tragó intentando alejar la imagen.
Levanto de nuevo la mirada y casi pierde el agarre del arma. Sebastián estaba a un par de pasos de ella. Se mantuvo con el cañón del arma presionada contra su abdomen.
—Dame el dolor que crees que me merezco. Dispárame ahora, Eiza.
Todo lo que era capaz de hacer era mirarlo fijamente a los ojos.
—O me disparas ahora, —le dijo, su voz cayendo en un acento sensual—, o haré algo que no voy a ser capaz de enmendar.
Él gruñó. El corazón de Eiza se saltó un latido mientras un fuego salvaje empezaba a arder en su interior ante la perspectiva de su amenaza.
Cayó sobre ella en un abrir y cerrar de ojos.
—¡No! —ella gritó. Fue demasiado tarde. Estrelló sus labios contra los de ella. Eran más calientes y suaves de lo que ella se había imaginado, pero también demandantes.
Un gemido quedó atrapado en su garganta cuando le mordisqueó y lamió sus labios. Escuchó el arma golpear en el suelo y notó cómo Sebastián le dio una patada para alejarla de ellos.
Una vez que se había librado del arma, la tomó de las manos y la atrajo a sus brazos. Fueron tropezando hasta que chocó con su espalda en la pared. Jadeó cuando Sebastián presionó su cuerpo contra el de ella, su dureza firme entre ellos.
Ella gimió. Entrelazó sus manos en su cabello rizado mientras exploraba su boca profundamente. Luego, la realidad la golpeó. Con fuerza, lo apartó de un empujón, alejándolo.
Sebastián dio un paso a un lado y la miró. Ella le devolvió la mirada, sus ojos recorriéndole el rostro hasta que finalmente se detuvieron en sus colmillos.
—Tú sacas lo mejor de mí, —él le dijo con una sonrisa traviesa.
—Me has engañado, —le dijo, su voz más ronca e inestable de lo que se esperaba.
Sebastián no respondió; la observó impasivo.
—Tú…tú… —ella tartamudeaba perdiendo las palabras mientras buscaba la pistola por la sala—. Me has hipnotizado, —ella dijo más a sí misma que a él.
—¿Esa es tu excusa?
Antes de que pudiera responder, la agarró. Eiza gritó por la sorpresa mientras él le retorcía los brazos tras la espalda.
—Dime, cazadora, ¿realmente crees que te he engañado? —Sebastián la acomodó contra él, su polla dura presionándola en la espalda. Eiza no dijo nada, una vez más el deseo corría por su cuerpo por el contacto de su cuerpo junto al suyo.
—Eiza, eres la mejor cazadora de tu generación, y todavía no te atreves a matarme —le susurró. Muy suavemente, mordisqueándola en el lóbulo de la oreja.
Un gemido escapó a través de sus labios y Sebastián se rió efusivamente. Cabreada, ella intentó soltarse de su agarre. Lucharon, y por un momento, estuvo libre. Eiza intentó correr, pero Sebastián la agarró por la cintura y la atrajo a él de nuevo. Peleó contra él, pero la lucha se estaba convirtiendo en un forcejeo juguetón mientras sus cuerpos chocaban uno contra otro, incrementando sus deseos. Finalmente, la atrapó y la empujó contra la pared. Con un firme agarre la mantuvo con las manos sobre la cabeza.
—Nos hemos encontrado en incontables ocasiones en los últimos diez años. Has matado a docenas de vampiros, y sin embargo, —Sebastián jadeaba en su oído—, nunca has conseguido matarme.
Con renovada violencia, Eiza intentó librarse de su agarre, pero Sebastián ni se movió. Ella lo miró. Sus miradas se encontraron. Eiza cerró sus ojos. ¿Por qué no estaba asustada? Había estado en manos de algunas criaturas malditas a lo largo de su vida y siempre había tenido algo de miedo, pero este sentimiento…Nunca en todos sus años como cazadora, había sentido esto.
—Mírame,Eiza.
—No.
— ¿Entonces, por qué crees que no puedes matarme?
—Porque me tienes atada bajo un hechizo. —Dijo con voz débil.
Sebastián se rió.
—Ni si quiera tú te crees eso. Si hubiera querido que cayeras bajo mi hechizo, podría haberlo obtenido hace años. No mi amor, no estás bajo nada mágico. Piensa, mi cazadora, soy uno de los más antiguos, uno de los más fuertes, y sin embargo, hoy, te he dejado irrumpir en mi casa y apuntarme con un arma. Podrías haberme matado pero no puedes Eiza. No puedes soportar la idea de matarme. Para ti soy más que un vampiro, más que una obsesión, piensas en mí día y noche.
Ella sacudía la cabeza.
—Sueñas conmigo, y no te atrevas a negarlo, porque he visto tus sueños, mi cazadora. Te he visto tocándote y susurrando mi nombre en la oscuridad de tu dormitorio. Susurras mi nombre igual que yo susurro el tuyo, Eiza.
—No sigas diciendo mi nombre así, —le chilló apretando los dientes.
—¿Por qué, Eiza? , —le preguntó, diciendo su nombre de esa forma sensual que le causaba humedad líquida cayendo entre las piernas— ¿Por qué debo parar de decir el nombre de la mujer que amo?
Eiza abrió sus ojos y los clavó en Sebastián. Sus ojos profundizaron en los de ella, pero no de esa forma animal hambrienta que ella estaba acostumbrada a ver en los vampiros. Si no que, lo que ahí vio vulnerabilidad, amabilidad, y…
— ¡No!, —ella gritó, de nuevo tratando de luchar contra él.
Sebastián soltó una risa y ahogó la protesta de Eiza con su boca.
Ella lo olvidó todo: los colmillos, su odio, sus miedos…todo se redujo a ellos dos y su pasión.
Se dio cuenta de que le había liberado las manos en el momento en que ella le tocó el pecho. Él se quitó la camisa y ella curvó los dedos de los pies ante la visión de ese pecho desnudo. Duro, esculpido, como el perfecto cuerpo de un atleta. Ella le recorrió las uñas por la espalda y él respondió empujando su lengua más profundamente dentro de su boca. Las ropas cayeron en todas direcciones. Sus movimientos eran rápidos, hambrientos, ansiosos, como dos animales muertos de hambre que no habían comido en años. La lujuria corría a través de ella como nunca antes lo había hecho.
—Eiza, yo…
--Sebastian…
Con un gruñido, la levantó.Eiza entrelazó sus piernas alrededor de sus caderas y la apretó contra la pared. Su gran polla se deslizó en su interior en un solo empuje.
—Sebastián, —gritó mientras entraba y salía de ella salvajemente.
—Dilo otra vez,Eiza, di mi nombre otra vez, —le pidió encarecidamente.
—Sebastián, —ella gimió.
—Eiza, he esperado tanto tiempo para esto, —le susurró en el oído.
Él le acaricio el cuello y ella le clavó las uñas en la espalda.
—Sebastián, yo no…—empezó a decir.
Eiza chilló cuando un orgasmo sacudió su cuerpo y Sebastián la mordió en el cuello. Sentía la caliente sangre goteando de su cuello. Mientras Sebastián bebía ansioso de ella, lo escuchó gemir y sintió su liberación. Con su cuerpo todavía temblando, lo último que pensó antes de desmayarse fue que era el mejor error que nunca había cometido, incluso si ello le había costado la vida.
Eiza se despertó encontrando a Sebastián a su lado en la cama.
Él la sonrió.
—Bienvenida a casa, cazadora.
Eiza sonrió. Después de tantos años, por fin había encontrado su lugar. Era una cazadora, sí, pero todos aquellos años había estado cazando a la presa equivocada. Todos aquellos años persiguiendo a Sebastián, apuntándole a matar, y sin embargo soñando y fantaseando con él… había estado persiguiendo a su alma gemela y no tenía ni idea, hasta ahora.

Comentarios
Publicar un comentario